Castañera en Madrid

Castañera en Madrid a principios del siglo XIX

En el corazón del invierno madrileño, cuando el viento gélido recorre las históricas calles de la capital española, y nuestros cuerpos buscan refugio ante las bajas temperaturas, la tradición de las castañas asadas cobra vida. Los puestos de castañas, con sus braseros humeantes, se convierten en un oasis de calor y aroma que nos transporta a tiempos pasados, rememorando el legado de los castañeros y castañeras en Madrid.

Origen e historia del oficio de castañera o castañero de Madrid

El oficio de castañera de Madrid tiene su origen en la España de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, cuando las castañas eran consideradas un alimento básico y asequible para las clases menos acomodadas. Las castañeras, además de vender castañas, se convirtieron en figuras icónicas de la cultura madrileña, siendo representadas en la literatura, el arte y la música popular.

Castañeras en el arte y la literatura

Uno de los autores más destacados que ha retratado la figura de las castañeras en la literatura española es, sin duda, Don Ramón de la Cruz. Su obra «Las castañeras picadas» es un sainete que refleja la importancia y el carácter pintoresco de estas mujeres en la sociedad de la época. No obstante, la representación de las castañeras en la literatura va más allá de la obra de Don Ramón de la Cruz.

La figura de la castañera también se encuentra presente en la poesía y la narrativa del Siglo de Oro español, siendo mencionadas en las obras de autores como Lope de Vega, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Asimismo, durante el Romanticismo, las castañeras inspiraron a escritores como Gustavo Adolfo Bécquer, quien en sus «Rimas y Leyendas» hace referencia a ellas como personajes populares y entrañables.

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Además de su presencia en la literatura, las castañeras han sido representadas en diversas manifestaciones artísticas, como la pintura y la escultura. Uno de los ejemplos más notorios es el cuadro «Escenas Madrileñas – La castañera» de Francisco Sancha, en el que se puede apreciar la delicadeza y la humanidad con la que el pintor retrató a estas mujeres trabajadoras.

La castañera

«Escenas Madrileñas – La castañera» de Francisco Sancha

El frío, el aliado de las ventas de las castañeras

Tradicionalmente, la labor de castañero o castañera en la capital española solía estar reservada a mujeres experimentadas. Estas valientes mujeres, desafiando las bajas temperaturas invernales madrileñas, lucían atuendos oscuros y se cubrían la cabeza con un pañuelo negro, mientras que una toquilla robusta les proporcionaba calor en los hombros. Protegían sus manos con guantes y se envolvían las piernas con una manta para mantenerse abrigadas. Desde la comodidad de sus sencillos y humildes taburetes de madera, las castañeras cocinaban las castañas en un brasero, llenando las calles con el aroma inconfundible de esta delicia invernal.

Las inclemencias climáticas representaban uno de los principales obstáculos en esta profesión, sin embargo, también eran su mayor ventaja, ya que la demanda de castañas calientes estaba estrechamente ligada al descenso de las temperaturas. Por tal razón, los puestos permanecían en funcionamiento desde noviembre hasta marzo, siendo el frío un factor clave en la adquisición de las castañas.

A pesar de que sus ubicaciones podían ser estacionarias o itinerantes, tendían a seleccionar un sitio recurrente para establecerse, de tal forma que alcanzaban gran popularidad en los vecindarios donde se asentaban, transformándose en un componente esencial e ineludible de estas áreas, y al final, esas ubicaciones pasaron a formar parte de la tradición.

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Castañeras que cocían y castañeras que asaban

Las castañeras que cocían eran vendedoras ambulantes que utilizaban una olla de hierro para cocer y almacenar las castañas. Esta olla también servía como mostrador para la venta. Las castañeras que asaban, por otro lado, requerían de un conjunto de herramientas específicas para llevar a cabo su labor de manera eficiente:

  • Una mesa o tabla sobre un cajón: Este elemento proporcionaba una superficie de trabajo y almacenamiento adecuada para la venta de castañas.
  • Una olla o vasija: Utilizada para guardar y mantener las castañas calientes.
  • Un anafre o hornillo portátil: Permitía asar las castañas de forma eficiente y sencilla en cualquier lugar.
  • Una chimenea de hojalata: Facilitaba la salida del humo generado por el hornillo, evitando molestias a los clientes y a la castañera.
  • Un fuelle: Instrumento utilizado para avivar la lumbre y mantener el fuego en el hornillo.
  • Unas tenazas: Herramienta esencial para manipular y remover las castañas en la rejilla sin quemarse.
  • Un cuchillo: Se empleaba para realizar cortes en las castañas y evitar que estallaran al asarse.
  • Una manta o trapo: Servía para proteger tanto a la mercancía como a la castañera de las bajas temperaturas.
  • Una espuerta con carbón: El carbón era el combustible utilizado en el anafre para asar las castañas.
  • Un tarro lleno de sal: La sal se utilizaba para dar sabor a las castañas y mejorar su conservación y se añadía antes de asarlas.
  • Un taburete: Ofrecía un lugar donde sentarse y descansar durante las largas jornadas de trabajo.

Productos más vendidos

Los productos asados predominantes eran las castañas, aunque ocasionalmente también se preparaban boniatos. Se servían en conos de papel periódico, similar a la actualidad, permitiendo a los clientes mantener sus manos cálidas gracias al envoltorio.

Frecuentemente, las castañeras sumergían las castañas en anís antes de asarlas, otorgándoles un aroma más intenso y facilitando que los transeúntes identificaran estos puestos a distancia en esquinas, entradas de edificios, accesos al metro, al lado de kioscos de prensa, en plazas e incluso en algunos portales residenciales.

Situación actual

Si bien antaño cada puesto de castañas solía atesorar la herencia de generaciones familiares, actualmente es complicado hallar una castañera auténtica. Hoy en día, muchos vendedores son hombres que han recibido una autorización municipal para comercializar castañas por las calles de Madrid, estableciendo un prototipo de carrito que marca una ruptura con la tradición y el legado de la castañera.

No obstante, su profesión ha perdurado como un icónico emblema del invierno madrileño, materializado en humildes puestos ambulantes y el inconfundible aroma a castaña tostada que nos transporta a las entrañables Navidades de nuestra niñez.

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